Tras abandonar la antorcha y las flechas, cogió la aguijada el cruel Eros, y se puso su alforja en el hombro. Y tras uncir al resistente yugo los cuellos de los bueyes, sembró el fértil surco de Deméter. Mirando hacia arriba dijo a Zeus: «¡lléname los campos!, no vaya a ser que te ponga en el arado, toro de Europa.»
Escena del mito del rapto de Europa. Crátera de cáliz, ca. 340 a.C.
Detén tu paso, caminante, frente al lago sereno: la mar rizada y los barcos atormentados, los caminos que envolvían montañas y engendraban estrellas, todo acaba aquí en esta dilatada superficie.
A Filócrito, que había dejado el comercio y que hace poco probó el arado, la ciudad de Menfis lo enterró en una tumba extranjera. Allí el gran torrente, que corría del Nilo, con una violenta ola a este hombre arrebató del pequeño túmulo. En vida escapó del amargo mar. Pero ahora, estando cubierto por las olas, el desdichado tiene una tumba de náufrago.
Navegantes, ¿por qué me enterrasteis junto al mar? Bastante lejos de aquí debería cubrirse la desgraciada tumba del náufrago. Tiemblo ante el estruendo de las olas, mi fatalidad. Pero aun así, saludos a los que os compadecéis de Nicetas.
¿Quién eres, náufrago extranjero? Aquí Leóntico encontró tu cadáver por la playa y te erigió la tumba, llorando por su vida perecedera. Pues él no está en calma, sino que semejante a un pájaro1El ave es la pardela recorre el mar.
Todavía no estoy muerto. Yo, Teris el náufrago, fui arrojado a la tierra por las olas, y no olvidaré la orilla que no deja dormir. Pues bajo las laderas de las rocas escarpadas, cerca del mar hostil, obtuve de manos de un extraño una sepultura. Pero siempre el mar ruge sobre los muertos y yo, desgraciado, oigo su odioso bramido. Ni el Hades me dio descanso de los sufrimientos, ni aún estando solo y muerto he podido yacer en tranquilidad y calma.
Deja de pintar los remos y el espolón de la nave sobre mi tumba y sobre mis frías cenizas. Es de un náufrago la tumba. ¿Por qué esta desgracia causada por las olas quieres otra vez recordarle a este, que yace bajo tierra?
Me dejaste muerto en la tierra, mar salvaje, y arrastras los restos de las cenizas. Yo, que estoy solo y náufrago en el Hades, no estaré en paz sobre la sólida y áspera roca. Entiérrame llevándome a las olas, o déjame en la tierra y no robes de esta tierra mi cadáver.
Observa en la orilla el cuerpo esparcido del desgraciado mortal, arrojado en las escarpadas rocas. Allí descansa la cabeza sin pelo y sin dientes; y allá, cinco dedos de las manos; aquí, las costillas sin carne y los pies sin tendones, y las extremidades sin articulaciones. Estas múltiples partes hace tiempo fueron un solo cuerpo. ¡Ay dichosos cuántos tras nacer no vieron el sol!
Odysseus und Polyphemus. De Arnold Böcklin
Referencias: Paton, W. R. (1917). The Greek Anthology, Volume II: Books 7-8. Harvard University Press.
A Safo custodias, tierra eólida, a la Musa mortal que es alabada entre las Musas inmortales, que Cipris y Eros juntos criaron, que con Persuasión entrelazaba la eterna corona de las Piérides. Para ti alegría y gloria en la Hélade. ¿Oh Moiras, que en las ruecas giráis el hilo, por qué no hilasteis la inmortalidad para la poetisa que recreó los dones imperecederos de las Heliconíades?
Al pasar junto a la tumba Eolia, extranjero, no digas que yo, la poetisa de Mitilene, he muerto. Pues esta la hicieron las manos de los hombres, pero las obras de los mortales como esta caen rápidamente en el olvido. Y si me preguntas por las Musas, de las que, cada una siendo una divinidad, una flor puse al lado de mis nueve (libros)1, sabrás que escapé de la oscuridad del Hades. Ningún sol podrá existir sin que se nombre la lírica de Safo.
Sappho. De Charles Mengin.
El DGE dice lo siguiente sobre ἐννεάς, -άδος, ἡ: ref. obras literarias obra de nueve libros ἄνθος ἐμῇ θῆκα παρ’ ἐννεάδι la flor poética que puse en mi obra de nueve libros (habla Safo) AP 7.17. ↩︎
Gracias a Jesús por su ayuda con el epigrama 7, 17.
De la nube surge la fuerza de la nieve y del granizo, y del resplandeciente relámpago nace el trueno. La ciudad se destruye a causa de los hombres poderosos, y por ignorancia el pueblo cae en la esclavitud del tirano. Al que se le ha exaltado demasiado no es fácil detenerle después, pero es necesario que ahora uno reflexione sobre esto.
Corazón, corazón agitado por irremediables preocupaciones, ánimo, y defiéndete oponiendo tu pecho frente a los enemigos, plantándote firmemente en las emboscadas cerca de los enemigos. Y no te jactes públicamente cuando ganes, pero si has sido vencido, no te lamentes en tu casa tirándote al suelo, sino alégrate con las alegrías y no cedas a las desgracias demasiado: conoce qué cadencia domina a los hombres.
Doy las gracias al profesor Fernando García Romero, con quien tuve el placer de debatir sobre este fragmento.
Estamno de figuras rojas (V a.C.)
El gramático alejandrino Hesiquio menciona ἔνδοκος como sinónimo de ἐνέδρα «emboscada». Cf. en el TLG Hesychius, Lexicon (Α—Ο), 2809. ↩︎
Que florezca hiedra alrededor de ti, Anacreonte, y delicados pétalos de purpúreos prados. Que broten fuentes de blanca leche, que de la fragante tierra emane dulce vino para que tus cenizas y huesos sientan alegría, si acaso algún placer les toca a los muertos.
Deja de pintar los remos y el espolón1Parte puntiaguda de la proa de la nave sobre mi tumba y sobre mis frías cenizas. Es de un náufrago la tumba. ¿Por qué esta desgracia causada por las olas quieres otra vez recordarle a este, que yace bajo tierra?
Este montículo es una tumba. Ea, detén a tus bueyes y levanta el arado, pues estás removiendo mis cenizas. En este polvo no derrames semillas de trigo, sino lágrimas.
Aléjate de mí 8 codos, mar salvaje, e hínchate y grita con gran fuerza. Si derribases la tumba de Eumares, de nada te serviría: encontrarás huesos y ceniza.
Aunque el sepulcro esté hecho de una losa de blanco mármol y esté pulida correctamente por el cantero siguiendo la regla, no es de un hombre noble. No juzgues por la piedra, querido amigo, al muerto. La piedra es insensible y con ella se reviste incluso un oscuro cadáver. En ella descansa el débil cuerpo2 Literalmente «trapo, trozo de tela»de Eunicida y se pudre bajo las cenizas.
Me dejaste muerto en la tierra, mar salvaje, y arrastras los restos de las cenizas. Yo, que estoy solo y náufrago en el Hades, no estaré en paz sobre la sólida y áspera roca. Entiérrame llevándome a las olas, o déjame en la tierra y no robes de esta tierra mi cadáver.
Todo está dispuesto por los dioses. A menudo a los hombres que yacen en la tierra los levantan de sus desgracias. Pero muchas veces los derriban y a los que estaban bien firmes los hacen caer boca arriba. Después suceden muchos males, y (uno) vaga con la necesidad de sustento y con la mente desorientada.
¿Para qué luchar contra el Tiempo? Abandoné el escudo de forma voluntaria porque ya no quiero luchar, pues mi juventud se marchita. ¿Por qué las preocupaciones me consumen? Me es difícil dormir. ¿Dónde está ahora el dios liberador1 Dioniso? Me estoy bebiendo mis lágrimas. ¡Quiero un vino mezclado!
Crátera de figuras rojas en la que aparece Dioniso (ca. 440 d.C.).
Cuando bebo vino, las preocupaciones cesan. ¿Qué me importan las obligaciones, los lamentos y las preocupaciones? Estoy destinado a morir, aunque no quiera. ¿Por qué me pierdo en esta vida? Bebamos este vino del bello liberador1 Dioniso. Mientras bebemos, nuestras preocupaciones cesan.
No me gusta el que, bebiendo vino de la crátera llena, habla de conflictos y de la guerra que provoca el llanto. Sino el que, tras mezclar los espléndidos dones de las Musas y de Afrodita, rememora el placer del amor.
(Se dice:) «Amigo, ¿qué me importan los cimerios o los escitas de arcos curvos?»
Anacreonte elegía 4
οἰνοπότης δὲ πεποίημαι.
Me hice bebedor de vino.
Véase el fr.144 de Arquíloco: No me gusta el general alto ni que camine a zancadas, ni el orgulloso de sus rizos ni el afeitado. Sino que el mío sea uno bajo y que se vea que tiene las piernas arqueadas, firmemente plantado sobre sus pies, lleno de coraje. ↩︎
He optado por seguir la conjetura ὦ φίλε Κιμμερίων de Schneidewin, en vez de la lectura φιλοκιμέρων o φιλοκιμέως que dan los manuscritos. ↩︎
Bibliografía: Campbell, David A. 1988. Greek Lyric, Volume II: Anacreon, Anacreontea, Choral Lyric from Olympus to Alcman. Harvard University Press.